[Reflexión] La cosa es que nunca es nuestra culpa, claro

Es curioso el afán que tenemos los españoles por remarcar nuestros éxitos en cualquier campo de forma tan efusiva. Quiero decir, es normal celebrar los logros que se consiguen a lo largo de la vida como lo que son, acontecimientos destacables en nuestra corta existencia que dan algo de brillo a una historia, por lo general, algo sombría. Lo que me parece un poco más extraño es la asombrosa capacidad que tenemos para generalizar los logros obtenidos por otros, para alardear de ellos como si fueran nuestros: “hemos ganado la liga” “hemos desarrollado una vacuna” Hemos, hemos, hemos.

Quizá, esta patológica necesidad de ponernos medallas que no nos corresponden, es consecuencia de la gran cantidad de defectos que nos acomplejan como conjunto, que hacen que se nos tuerza un poco el gesto al recordar que, en realidad, no somos tan buenos como decimos ni pensamos, aunque siempre es gratis soñar.

Se nos llenaba la boca alabando a nuestros sanitarios hace meses, nos picaban las palmas de aplaudirles y demostrábamos tener el pecho henchido de orgullo por disponer de algunos de los mejores profesionales de la salud de Europa, si no del mundo. Y, sin embargo ahora, volvemos a nuestras conductas egoístas, a celebrar botellones en grandes grupos, a festejar que el equipo de una aldea ha subido a primera división; nos olvidamos de que, aún hoy, pese a que lo más gordo, de momento, ya ha pasado, aún siguen los mejores del mundo trabajando y rompiéndose los cuernos para asegurarnos una segunda ola más llevadera.

Y esto, por desgracia, no se aplica solo a los sanitarios. Si bien es cierto que me toca de cerca y lo vivo como uno más, también es verdad que nos estamos olvidando de mucha más gente que se ha dejado la piel en ayudarnos a sobrellevar la cuarentena lo mejor posible y ahora no hacemos siquiera el esfuerzo por reconocérselo.

Hablo de los artistas. No solo de cantantes y famosos. Hablo de todo lo que hay detrás sustentando el espectáculo. Hablo de técnicos de sonido, de iluminación, de intérpretes, de montadores, de productores. Gente cuya vida depende de su trabajo, un trabajo que no se les está permitiendo llevar a cabo porque nosotros, como conjunto, preferimos salir a bebernos dos cubatas y, si nos contagiamos, “pues dos semanitas en casa de vacaciones y a vivir”.

Y no solo eso. Hablo de la mala praxis, de la gestión equivocada que se está realizando por parte de aquellos en los puestos de poder con toda esta situación.

Al fin y al cabo, no debemos olvidar que vivimos en un país cuyo deporte nacional no es, no ha sido ni será nunca el fútbol o el baloncesto, sino el revanchismo, el “tú cállate que no tienes ni puta idea”, el echar la culpa al otro cuando has hecho algo mal y sabes que está mal pero, bueno, siempre es más fácil echar balones fuera. Esos sí que son los balones que dominamos, y no las pelotas y ovarios que nos hacen falta para ponerlos sobre la mesa y decir “aquí estamos para tratar de devolver todo lo que habéis hecho por nosotros”.

No digo que la culpa sea íntegramente nuestra, del pueblo llano; igual que no es culpa nuestra gran parte de la contaminación que existe en el mundo, sino de las empresas que vierten sus residuos al océano y al aire y luego nos venden humo para hacernos sentir culpables por no separar el plástico del papel.

En esto, como en todo, es cuestión de movernos. De empezar a separar el plástico del papel para que salga a flote la realidad, para que se vea desde dónde se manejan los cables de los títeres en esta intrincada sociedad. Claro que para esto debemos ser un poco más empáticos y, por desgracia y por mal que suene, tengo claro que no seremos nosotros quienes brillemos por nuestra capacidad empática.

Supongo que estamos abocados a ver como nuestros artistas y profesionales de la música y el espectáculo en general se van hundiendo poco a poco en la miseria y la tristeza, viendo como su país y sus gentes los abandonan. Viendo como veían, ven y verán durante muchos años todos aquellos estudiantes tan preparados cómo su país les daba la espalda y les cerraba las puertas, para luego quejarse de la “fuga” de cerebros. Señores y señoras, esto no es una fuga, es un destierro que les imponemos nosotros por no ser capaces de pensar más allá de nuestras propias narices.

Supongo, de nuevo, que esto ha de ser un ejercicio personal de introspección, y no soy quien para venir a remover las aguas ni levantar mareas. Allá cada uno con su conciencia. Por mi parte, la marea tranquila, y como diría Espronceda:

“[…] yo me duermo

 sosegado,

arrullado

por el mar”.

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