[Reflexión] Y la música, ¿qué?

Mario tocando en Noches Mediterráneas. Foto: Jordi Laguía Morales

“Tiempos difíciles y oscuros nos aguardan. Pronto deberemos elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil”, que decía el sabio mago Dumbledore®, y es curioso cómo, a veces, la fantasía casa tan bien con la realidad.

Nos acercamos a pasos cada vez más veloces al abismo del no tan desconocido virus, a los efectos que pueda provocar una recaída masiva, al retroceso de fases, de nuevo al confinamiento. Quizá, haciendo una analogía, estemos atisbando a lo lejos un gran ojo ardiente que nos vigila, esperando el momento para abalanzarse sobre nosotros y someternos de nuevo.

Al menos, esa es la sensación general que recibo cuando salgo a la calle. Se respira miedo, aunque de forma complicada por la mascarilla, en mi opinión uno de los EPIs más incómodos que existen; aunque, siendo sincero, hemos avanzado bastante desde las temibles máscaras que adornaron Europa durante la peste bubónica.

Todo esto, claro está, no sólo repercute en nuestras libertades individuales. Hemos visto cómo a lo largo de meses cientos de bares, restaurantes, pequeños y hasta algún que otro mediano comercio se han visto resentidos por la crisis sanitaria que se cernía sobre el mundo entero.

Por entonces, y también ahora, una de las preguntas que más se repetía entre la gente era: Y, la música, ¿qué?

Mucha gente ha celebrado, normal por otra parte, con demasiado entusiasmo la reapertura de discotecas y pubs nocturnos. Sin embargo, muchos otros han tomado esta “nueva normalidad” como un pase de temporada premium que les avalaba para organizar macro botellones sin ninguna medida de seguridad, con resultados que, aun sabiendo que son lógicos teniendo en cuenta la clase de reuniones que son, resuenan como un eco que nos recuerda lo absurdo de la naturaleza humana, condenada a tropezar una y otra vez con la misma piedra porque vamos cegados por una venda que nos hemos autoimpuesto, al no mirar más allá de nuestro propio ombligo.

Esta defensa a ultranza de las libertades individuales se ve escudada por algunos indigentes mentales a los que no les importan las consecuencias con tal de sacarse unas cuantas pelas más, y así nos va.

Y en medio de todo este maremágnum de autocompadecencia un tanto narcisista, tenemos a todos aquellos profesionales de la música y otras artes, que llevan muchísimo tiempo parados a expensas de respetar a gente que, por no perder un ápice de libertad individual, igual llega a necesitar un pañal de lo mucho que les sudan las pelotas o el coño.

Profesionales que han hecho frente a las adversidades como mejor han podido y sabido. A quienes, de igual manera que a tantas otras profesiones que se han descubierto esenciales, se les ha aplaudido y tratado de héroes, para ahora condenarlos a un destierro en su propia casa cuando piden conciencia y ayuda para poder remontar la situación. Está claro que, en este país de pandereta, aquellos que tienen un ombligo con la gravedad del Sol creen que con aplaudirles como un mono con platillos e ir un domingo a la iglesia a rezar está todo solucionado, mientras los demás curramos para sacar adelante nuestras vidas, remando a contracorriente de modo que no nos trague la miseria y nos tengamos que conformar con los restos de otros que no se preocupan más que por sí mismos.

Una de las maneras en las que remamos, hoy en día, contra la corriente, es gracias a propuestas como las Noches Mediterráneas que se organizan en Alicante durante buena parte del verano que resta, o el Cruïlla XXS, que apuestan por espacios seguros en los que todos estos y estas artistas puedan sacar adelante su trabajo de la mejor manera posible.

Han estado ahí para nosotros, ofreciéndonos su trabajo de forma gratuita, organizando festivales online para mantenernos lejos de la dura realidad fuera de las cuatro paredes que nos atraparon durante meses. Es el momento de que dejemos de preguntarnos qué pasará con la música, y empecemos a apoyar a quienes nos han servido de puntales durante tanto tiempo. Debemos reconocerles no solo el gran esfuerzo que han hecho durante estos últimos meses, sino el que hacen durante todo el año, todos los años, todos los días, proporcionándonos vías de escape a nuestra rutina y problemas diarios.

No es posible que solo agradezcamos cuando se nos regalan cosas. En tal caso, dice mucho de nosotros, y es que dejamos mucho que desear como especie. Es el momento de ser conscientes de los límites que debemos autoimponernos, tratar de adoptar medidas que, no sólo ayudarán a que salgamos del bache lo antes posible, sino que además contribuirán a que nuestras libertades individuales se vean restringidas durante el menor tiempo posible.

Es el momento de pensar no en mañana, ni en la semana que viene. Es el momento de pensar, y actuar, en consecuencia con lo que queremos tener dentro de unos meses. El momento, también , de hacerles saber a todos aquellos que están ahí cuando los necesitamos , que nosotros también estamos, que pueden confiar su trabajo a gente que sabe apreciarlo, que no los vamos a dejar atrás.

En definitiva, es momento de pensar que es dentro de varios días, no hoy, cuando miraremos al este, al alba, y veremos salir el sol entre tantos nubarrones de tormenta. Pero solo puede ocurrir si, como en el abismo, no nos rendimos y actuamos todos juntos.

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