Especiales

Una canción en frenética odisea: ‘In the lap of the mountain’ y Rodrigo Cortés (Parte 2)

Lo tenían.

Tenían 4 versos en una nota de voz. Tenían 24 horas para grabar un tema.

Habíamos dejado al director de cine Rodrigo Cortés y su inseparable compositor de BSOs Víctor Reyes en esta situación extremadamente límite en la búsqueda de la canción para concluir el 2º largometraje del autor: Buried. (La primera parte de la historia, por aquí) Sigamos, pues, la odisea; que, aunque más cerca de la orilla, a nuestros Ulises aún les quedan diversas islas por las que pasar.

Premezclada el resto de la BSO, Reyes y Cortés se dirigieron al estudio del primero. Empezaba ya el sprint final. Debían componer el tema entero, no había tiempo que perder. Ya en el estudio y con Víctor al piano, In the lap of the mountain comenzó a tomar forma.

Un esqueleto armónico bluesero más simplificado de lo habitual en el que ya solo entraban la tónica (acorde de referencia de la canción, Fa en este caso) y el quinto grado (acorde de mayor tensión, Do), conformaba la estructura de las estrofas. A ellas, Víctor les añadió un puente de lo más clásico que consistía en un juego de acordes tipiquísimo: empezar la rueda de acordes con el cuarto grado (Si bemol) y añadir justo después el cuarto grado, pero en modo menor (Si bemol menor) creando una sensación de ligero cambio de sensación sin que realmente nada cambie.  Un encadenamiento de dos quintos grados nos redirige de nuevo a la estrofa. La canción se erguía mediante una intercalación de estas dos partes.

La letra, lo que buscaban. Un constante beatus ille de canto a la naturaleza, los ríos, las montañas, el viento en la cara, las estrellas de la noche pintando el cielo, las hojas lentamente cayendo, primavera, libertad… exactamente todo lo contrario que Paul Conroy (Ryan Reynolds) había vivido durante el film.

Rodrigo Cortés, en el set de Buried, dando instrucciones a Ryan Reynolds (Paul Conroy)

Por lo pronto, canción compuesta. Tocaba grabarla. Mientras Víctor Reyes se dedicaba a medio mezclar algunas pistas digitales (banjo, guitarra y a voz de Rodrigo) para hacer una maqueta, Cortés contactó con los músicos para citarles en otro estudio de grabación. Los citó a la 1 de la mañana. El irlandés Garrett Wall, a la voz; David Heyman, en las baquetas; Francisco López, al bajo; y Diego García, encargado de las guitarras (efectivamente, en plural) y los banjos (efectivamente, en plural). Ese era el equipo para lograr el milagro de In the lap of the mountain. Desde luego, había partido.

Lo que ocurrió en aquel segundo estudio es digno de ser contado una y mil veces. Pese a la situación límite, las pistas se fueron grabando poco a poco en la calma de la madrugada: la primera de ellas, la referencia rítmica de la batería. Un patrón medio asincopado (shuffle) marcó la esencia del alma de la canción; en palabras del propio director: ¡Que parezcamos granjeros que no saben tocar del todo!“. Siguiendo este mantra, las pistas fueron tejiendo una canción de aire sureño, situada en la frontera entre el folk y el country donde, los banjos arpegiados iniciales, las acústicas tanto rítmicas como en slide guitar, el solo de guitarra eléctrica con puntito de distorsión (emulando a la inaccesible Beyond the horizon de Dylan) y el peso del bajo pintan un paisaje de libertad con regusto a arena, madera y a algo de whisky.

La base instrumental estaba hecha y, junto a ella, nació una sinergia entre todos los presentes. Deberían de rondar las 3 de la mañana y nadie se movía de allí. Los nervios se mezclaban con la ilusión y esta, con las expectativas, que a su vez se enmarañaban en la curiosidad y la incertidumbre. Nadie sabía muy bien cuál sería el resultado final, pero el brillo en las miradas auguraba lo que se estaba cociendo en ese estudio de madrugada: un auténtico temazo.

Llegó el momento de las voces. Completamente sumergidos en la energía musical creada; Garrett, Víctor, Rodrigo e incluso el técnico de sonido grabaron los coros. El sonido ya no podía ser más tejano. La sensación de granjeros era absoluta. Y entonces, dejaron lucirse a Garrett Wall. Haciendo suya la canción por completo, Garrett puso voz y cuerpo a In the lap of the mountain con una elegancia y una verdad que, como si de una versión crooner de Tom Waits se tratara, le aporta la capa de pintura definitiva a la pieza. Gentileza a la americana, que es un poco menos gentileza, pero funciona cien veces mejor.

La catarsis de tal experiencia contrarreloj no podía esperar más. Y explotó. Sonidos de ambiente, violín bailarín, palmas, risas, voces y medias conversaciones fundieron al grupo en una improvisada fiesta musical de madrugada que consumó el espíritu total del tema. Felicidad naive por desiertos norte americanos,Pero, como, desgraciadamente, todas las fiestas, este fiesta debía acabar. Y acabó con un resultado ansiado que, en más de una ocasión esas últimas 48 horas, había parecido más una quimera que una realidad.

Garrett Wall, cantante de In the lap of the mountain

Sonaban las 4 de la mañana cuando nuestros protagonistas estaban de vuelta en el primer estudio. Allí surgió la mezcla definitiva de la canción. Se le añadió digitalmente un hammond (teclado de sonido americano) y un piano para dar empaque a la base armónica. Parecía mentira, pero la primera mezcla de la aparentemente imposible canción estaba por fin acabada.

6:30 am del último día de alquiler del estudio de grabación de la cinta. Ducha para despejarse y, a las 7:30, vuelta al estudio. Ya desde una calma que había parecido que no iba a regresar nunca, Cortés, Reyes y demás participantes en el film encauzaron la mezcla definitiva de la canción: un sonido inicial como de huevos fritos haciéndose (recordemos la esencia granjera) y la decisión de empezar la canción en mono e ir poco a poco abriéndola hacia el estéreo.

No podía creerse pero, junto a los primeros rayos de sol, estaba naciendo una criatura que había tenido todas las papeletas para no nacer. Entre el sonido metálico del banjo, la calidez de las guitarras acústicas, la aridez de la distorsión de la eléctrica, la voz de Garrett Wall, los coros americanos de unos granjeros de la meseta y el baile de fricción de las cuerdas de un violín final; dio sus primeros pasos la piedra roseta de estos mis 2 últimos artículos en esta revista. Dio sus primeros pasos In the lap of the mountain. Rodrigo y Víctor respiraron. Por favor, escuchémosla por fin.


Baste este artículo para acercaros a lo que es simplemente una de las muchísimas historias y entresijos que se presentan en un podcast maravilloso que ya estáis tardando en devorar. Se juntan 2 veces al mes Arturo González Campos, Javier Cansado, Juan Gómez-Jurado y, sí, nuestro (ya podemos considerar) amigo, Rodrigo Cortés para charlar y explorar temas de mil índoles posibles, a cuál más enrevesado, misterioso o, directamente, sin sentido. Aquí hay dragones. Diría que es una recomendación; pero es que es una obligación.

Integrantes del podcast Aquí hay dragones. De izquierda a derecha: Javier Cansado, Rodrigo Cortés, Juan Gómez-Jurado y Arturo González Campos.

Nada más, hasta aquí esta historia que, más que ser contada, habría merecido la pena haber sido vivida. Nos leemos por aquí.

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